miércoles, 14 de enero de 2015

LOTUS (Esencia de California)

“Un largo camino a recorrer”

Esta es mi historia, pero podría ser la de cualquier otro, que como yo, confundió lo que es ser un maestro espiritual que tiende puentes para que otros puedan cruzarlos, a creerse el puente por el que otros han de pasar con su beneplácito. No estoy orgullosa de la persona que fui, pero si me siento muy orgullosa de la persona en la cual me he convertido, y todo gracias a unas grandes maestras que encontré por el camino, hermosas en su perfecta sencillez y sabías en su humildad, ellas me trasmitieron, desde su no hacer nada, toda la energía equilibradora que necesitaba en aquellos momentos en los que mi espiritualidad había perdido el norte y amenazaba con arrastrar tras de sí la de otros que habían confiado en mí. Con ellas aprendí que un maestro espiritual no es aquel que más sabe, sino aquel que sabe compartir su propio aprendizaje sin imponer para nada su camino. Que no hay maestros ni discípulos, sino seres humanos compartiendo un mismo sendero y dándose las manos, los unos a los otros, cuando éste se torna demasiado dificultoso. A través de ellas comprendí, que el mayor obstáculo en el camino de la espiritualidad no es la incomprensión de los que te rodean, sino el orgullo espiritual que acecha en cualquier recodo del recorrido. Pero precisamente, y gracias a todas esas piedras que te vas encontrando en él, es como tu espíritu crece, tu alma se encuentra a sí misma, y tu corazón se hace tan grande que puedes dar cabida incondicionalmente a todos y a todo cuanto te rodea. Lo importante no es caer, sino la forma en la cual tú intentas levantarte y lo consigues. Como decía un maestro muy grande que compartió parte de su recorrido conmigo: “El que tropieza y no cae adelante camino, y si has caído, analiza los daños, cúrate y sigue caminando”.

Mis maestras aparecieron por pura casualidad, como dirían algunos, aunque yo tengo muy claro que fue la causalidad, y las causas se daban en aquel momento, además, ya sabemos que el maestro aparece cuando el discípulo está preparado, y nunca mayor aseveración fue real. Ellas estaban allí cuando más las necesité, cuando mi globo espiritual había ascendido tanto que precisaba con urgencia descender a la tierra, retomar mi parte humana y contactar de nuevo con la compasión. Había ignorado ese lado oscuro que todos tenemos, y que solo dándole luz podemos aceptar e integrar, para ponerlo a nuestro servicio y trascenderlo.

Si en alguna parte de este relato te encuentras identificado, no asumas a pies juntillas todo lo que estás leyendo, me harás muy feliz si lo pones en tela de juicio, porque esa es la manera en la que analizarás las propias circunstancias que hacen que nuestras historias se asemejen y  poder llevar a cabo los reajustes necesarios en la tuya. Mi historia es mi historia con mis particularidades y sus matices, la tuya es la tuya, con las suyas propias. Lo que yo siento no tiene porque ser lo que sientas tú, pero lo que si puedo asegurarte es que las pequeñas maestras que me ayudaron a comprender muchas cosas, también pueden servirte a ti de ayuda. Así fue como todo comenzó…

Mi vida había transcurrido sin grandes altibajos, era feliz con ella, pero una pequeña parte de mí pugnaba por salir, no sabía que era aquello, pero sí que algo faltaba para que todo fuera completo. Mis creencias nunca habían estado bien definidas, la religión que procesaba era más como una imposición social  que una convicción. Lo que tenia muy claro era que había algo muy poderoso más allá de lo tangible, y que no era para nada el ojo que juzga y sentencia que me habían hecho creer de pequeña. Ese “Algo” era amoroso y comprensivo, y la vida no tenía sentido sin tan solo era la pequeña porción de tiempo al cual estábamos destinados.

La espiritualidad llegó a mí de golpe, a través de algunas personas de mi entorno a las cuales les tenía un gran amor y respeto, y no me cuestioné nada, entré de lleno, como si todo lo que me llegaba ya formara parte de mí antes de saberlo. Eso sigo afirmándolo hoy, somos seres espirituales vivenciando experiencias terrenales, por lo tanto, en nuestra alma están profundamente gravadas todas las enseñanzas que en cada encarnación vamos descubriendo y asimilando. No es tanto lo que aprendemos, sino lo que recordamos, cada vez que llega a nuestras vidas una información nueva. Como os decía, entré tan de lleno en temas espirituales que el resto de mi humanidad se quedó en parte relegado. No quiero decir con eso que abandoné mi forma de vivir, mi familia o mi trabajo, sino que para mí ciertas cosas dejaron de tener relevancia para dársela a otras que me llenaban por completo. Cada día era más enriquecedor que el anterior, me había convertido en una esponja que todo lo absorbía. Libros, seminarios, cursos, conferencias, maestros. Me sentía tan identificada con aquella corriente de pensamientos que me volqué totalmente en ella. Mirando hacia atrás me doy cuenta de que mi despertar espiritual estuvo lleno de riqueza y de personas maravillosas que aportaron a mi vida mucha sabiduría, y que no cambiaría nada de todo lo que aprendí, porque la única responsable de que toda aquella fertilidad acabara convirtiéndose en orgullo y soberbia fui yo misma.

La meditación se convirtió en el eje de mi vida, todo lo que ocurría en ella debía pasar antes por su filtro. Comencé a desmenuzar las cosas cotidianas que me sucedían, una y otra vez, hasta averiguar y comprender la enseñanza que llevaban implícitas, olvidándome de disfrutar la vida, que ahora tengo muy claro, que es aquello para lo cual vinimos. No digo que el analizar los sucesos relevantes que nos suceden o aquellos que nos llaman la atención no deba hacerse, nada más lejos de la realidad, solo digo que no hay que obsesionarse con todas y cada una de las cosas que nos suceden, hay algunas que pasan porque sí y no tienen ninguna enseñanza relevante, sino la de darnos cuenta de lo afortunados que somos por estar en el aquí y el ahora, que ya es mucho. Tampoco quiero decir que la meditación se algo cuestionable, pero creo, desde el conocimiento que he adquirido, que aún sin negar los beneficios que comporta, no es necesario vivir en entera meditación contemplativa, ya que no estamos en los tiempos en los que había que convertirse en ascetas o místicos y retirarse a un monasterio para experimentar la espiritualidad. Ahora estamos en una época totalmente distinta, donde la vida sucede a un ritmo frenético y en la que no podemos aislarnos de los demás, sino que es necesario compartir la vida diaria, y extraer de la cotidianidad de todas las cosas que realizamos, la enseñanza espiritual que hay implícita.

Con el tiempo he llegado a comprender que se puede meditar fregando platos, arreglando el jardín, cocinando, leyendo un cuento a tus hijos, paseando, trabajando, comiendo… siempre y cuando lo que realices, lo efectúes siendo consciente de lo que estás haciendo. No es lo mismo comerse una manzana mientras ojeas el periódico, que comerte esa misma manzana siendo consciente de todo el proceso que ha sido necesario hasta llegar a tus manos, de la energía que te está proporcionando sin pedir nada a cambio, de que ha sido creada exclusivamente para ofrecer un servicio a tu cuerpo, entonces es cuando le dedicas tu atención, la comes con respeto y la saboreas ¡Ahí hay meditación! No es lo mismo trabajar porque es un mal necesario que te ves obligado a hacer para poder vivir, a cuando das lo mejor de ti mismo en cada tarea que realizas, con amabilidad y cortesía hacia las personas que se relacionan contigo en esa labor, sabiendo que todo lo que haces, desde poner un sello, a limpiar los baños o dirigir una empresa tiene relevancia en el entorno y deja una huella indestructible en nuestra vida y en la de los demás. En aquellos momentos cruciales de mi existencia yo perdí de vista todo lo que ahora os he expuesto.

Después de asistir a muchos cursos espirituales donde las enseñanzas de algunos maestros marcaron mi apertura espiritual, y tras recibir las iniciaciones necesarias que me confirmaban, a mí también, como a una maestra, fui yo la que me dedique a impartir esos mismos cursos y a llevar las enseñanzas recibidas a otros lugares y a otras personas. Al principio mi ego espiritual no se vio afectado, tenía muy claro que no estaba por encima de nadie, sabía que tan solo compartía la sabiduría que a mí me había llegado con aquellos que no habían sido tan afortunados, y ellos, a su vez, compartían conmigo sus propias experiencias. Fue una época muy enriquecedora para todos, ya que la información no dejaba de fluir desde y hacia todos lados. Pero pasado un tiempo, me sucedió lo que a otros maestros les ha sucedido antes que a mí, hizo su aparición el orgullo espiritual, el propio ego inflamado. Ocurrió sin darme cuenta, o si me di, miré hacia otro lado porque aquello me hacia sentir realizada. El creerme superior a los discípulos que acudían a mí y que me trataban con tanta admiración, hizo que me fuera imprescindible pasar sin su adulación. Cualquier cosa que yo explicara  o enseñara era absorbido por ellos con adoración, mi verdad no se ponía en duda o se cuestionaba. Entonces comencé a caer en la imposición de mis doctrinas. Lo que yo había experimentado, y la cosas que a mí me habían servido, debían ser las que los demás tomaran como ejemplo. Si no hacían las cosas de la manera que yo dictaba, no tenían validez, estaban perdiendo el tiempo, y lo que era peor, hacían que yo perdiera el mío. Por lo que me volví muy estricta con las personas que acudían a mis cursos, antes tenían que pasar por un filtro, sino no lo pasaban no eran admitidas. Curiosamente aquello acrecentó el número de personas que querían acceder a ellos. Parece como si los humanos solo valoráramos las cosas, que para conseguirlas, nos cuesten un gran esfuerzo, cuando en realidad es todo lo contrario, cuando la inteligencia de la vida te pone trabas, tal vez sea porque aquello no tiene nada que ver contigo.

Cuando alguien en mis cursos se atrevía a refutar alguna de mis afirmaciones, sobre él caía todo el peso de mi superioridad espiritual, lo machacaba tanto con mi agresividad verbal que al final acababa por aflorarle un sentimiento de inaptitud y culpabilidad tan grande, que ya no se atrevía a decir nada más. Y también eso, curiosamente, los trasformaba en acérrimos seguidores de mis enseñanzas. Había anulado tanto su voluntad y facultad para razonar, que se convertían en los chivos expiatorios de mis malos humores y arrogancia al tratarlos con el desprecio del que se cree superior. Cuando asomaba en mi aquella parte oscura que me negaba, que cada vez ocurría con más asiduidad, en lugar de intentar averiguar para que sucedía y aceptar que algo en mi no funcionaba como era debido, lo justificaba alegando que yo estaba sirviendo de reflejo para que la otra persona pudiera trabajarse su parte oscura y sus sentimientos, cuando en realidad era yo la que tendría que haber recogido toda aquella información y haber trabajado sobre mi propia rabia, odio, envidia, celos, miedos…Yo, en mi magnificencia era perfecta, mi grandeza espiritual estaba por encima de todas aquella emociones, había alcanzado el nirvana y mi sabiduría no podía ser objeto de cuestionamiento. A la vez tenía la fuerte convicción de que ninguno de aquellos discípulos podría conseguir el nivel de espiritualidad que yo había alcanzado. Pobre de mí, que había olvidado con aquellos sueños de grandeza que la corona de la luz solo podía ser llevada a través de la humildad del ego y cuando el orgullo espiritual ha dejado paso tan solo al Ser.

Me había distanciado tanto del verdadero camino espiritual que algo en mi interior comenzó a resquebrajarse. Mi verdadero Yo Superior  pugnaba por abrirse paso en medio de aquel festín de orgullo, soberbia,  fanatización e idealismo que me habían hecho perder de vista la realidad. Mi alma se replegaba y mi corazón lloraba lágrimas de tristeza. No solamente había tropezado, sino que me había caído en el mayor socavón que había en mi camino hacía la verdadera espiritualidad, aquella que estaba basada en el amor incondicional, en el respeto mutuo, en la tolerancia hacia las diferentes corrientes de pensamiento. Me había olvidado completamente de la máxima que regía mis primeros pasos en la espiritualidad: “La verdad es un prisma con muchas caras, el que yo tenga razón no quiere decir, necesariamente, que tu estés equivocado”.  En aquel momento la única que estaba en posesión de la verdad era yo, y mis razonamientos, indiscutibles y  correctos.

Fue en aquel momento, cuando algo en mi interior comenzó a desasosegarse y a provocarme intranquilidad e insomnio, cuando mi alma encontró un resquicio de luz, muy efímero, pero real. A pesar de que no me sentía feliz y completa miraba hacía otra dirección, era muy duro dirigir la mirada a mi interior, eso podía hacer tambalearse los cimientos en los que había basado mi desarrollo espiritual. Pero una vocecita muy débil intentaba llegar hasta mi corazón. Como que aquellos susurros no fueron convincentes, mi cuerpo comenzó a somatizar, en forma de enfermedad, la energía de aquellos sentimientos, y no tuve más remedio que escuchar los gritos, con los que por fin, se hizo oír por mi alma. Mi enfermedad me forzó a un retiro obligatorio, fue entonces cuando el discípulo, que era yo, estuvo preparado para recibir a su maestro.

Una mañana, cuando pude comenzar a dar pequeños paseos por los alrededores del monasterio al cual me había retirado en espera de pasar mi convalecencia, me encontré con el estanque. No fue de buenas a primeras como di con él. Fue de una forma muy curiosa, muy casual. Recuerdo que estaba muy nublado, parecía a punto de llover, pero el aire, aunque fresco, era agradable. De pronto las nubes se rasgaron y a través de su resquicio un potente rayo de sol iluminó un lugar a lo lejos que refulgía como si de un espejo se tratase. Soy de naturalidad curiosa y no pude resistirme e ir a comprobar que era aquello que se estaba haciendo tan evidente frente a mí. Al llegar me quedé sin palabras, era un estanque repleto de unas solitarias y hermosas flores acuáticas de color rosa, formadas por abundantes pétalos de aspecto ceroso. Reposaban sobre un lecho de hojas circulares que flotaban sobre el agua, aunque no permanecían pegadas a ellas, sino que se erigían en un pequeño tallo que las hacía sobresalir. El agua que las acogía era el reflejo plateado que me había hecho acudir hasta allí. Todo el perímetro del estanque estaba recorrido por un banco que invitaba a tomar asiento y relajarse, y eso es lo que hice, ya que todavía me encontraba un poco debilitada por mi enfermedad. Entonces fue cuando mis maestras hicieron acto de presencia.

Al poco de haber tomado asiento una dulce energía rosada emergió del centro mismo de las solitarias corolas. Era, como si de sus pistilos amarillos, pequeñas flechas se clavaban directamente en mi corazón. Hasta él llegó un susurro adormecedor, las flores se estaban comunicando conmigo. Me estaban mostrando, como a pesar de tener sus raíces en una oscura ciénaga y sus hojas flotando en el agua, podía elevarse a las alturas. Al principio no comprendí lo que intentaba decirme, pero al cabo de unos segundos, como un estallido, se abrió la comprensión. El crecimiento espiritual era la similitud. La parte oscura y las emociones, también forman parte de la espiritualidad de la persona, que se eleva en busca de la luz y se abre receptiva a toda la sabiduría. En la búsqueda de la luz había apartado mi  parte oscura y había obviado mis sentimientos, volviéndome, en el proceso, una persona altiva, egocéntrica, soberbia, egoísta e intolerante. La sabía vibración que estaba movilizando mi interior me estaba haciendo consciente de mí misma, de mis propias carencias, de mi propio desequilibrio emocional y espiritual. Una energía de limpieza y purificación comenzó a recorrer mi cuerpo de arriba a bajo, conectándome con la tierra que yo había abandonado hacía tiempo con mis ínfulas espirituales. A pesar de que mi cuerpo estaba conectado a la fuerza de la tierra a través de mis pies, mi conciencia se elevó a un nivel superior, estaba preparada para reconocer todo aquello que se había distorsionado en mi interior, y me aportaba el coraje necesario para salir del agujero en el que me había caído, levantarme, analizar los daños causados y seguir hacia delante.

A partir de aquella mañana mi estado físico mejoró a pasos agigantados, ya que mi alma y mi corazón habían comenzado a cerrar heridas. Mi espíritu, que sabía mejor que nadie que pasos seguir, me ayudó a hacer el resto. En cuanto abandoné el monasterio, casi completamente restablecida, organicé un seminario al cual solicité, muy humildemente, que acudieran todos aquellos a los que en una y otra ocasión había ofendido, abusando de la fe que habían depositado en mí. Después de aquella visita al estanque, confieso que no me costó nada hacer aquel acto de constricción, mi ego estaba en el lugar donde le correspondía y un amor incondicional rebosaba por todos los poros de mi ser.

Ahora, sin soberbia y sin vanidad, me considero de nuevo una maestra espiritual. He aprendido que la verdadera maestría consiste en mostrar el camino y las herramientas que lo facilitan, sin empujar los pasos de nadie para recorrerlo, ni obligarle a empuñar las herramientas que se les muestra, porque cada cual es libre de hacerlo a su manera. También sé que el buen maestro es constructor de puentes pero no conduce hacia ellos, eso forma parte del bello descubrimiento de cada uno, y que cada cual ha de calzarse sus propios zapatos para cruzarlos. Y lo más importante de todo, un buen maestro ha de saber mostrar las cicatrices resultantes de todas las caídas que ha tenido a lo largo de sus propios descubrimientos.

Todos somos maestros y aprendices en el juego de la vida. Todos tenemos grandes conocimientos espirituales guardados en nuestro interior, es responsabilidad de cada cual sacarlos al exterior y compartirlos, nadie nos juzgará si no lo hacemos o lo hacemos mal, ya se encargará nuestro propio Yo Superior de encaminarnos en la dirección correcta.   

Lotus (Esencia de California)
         
                          
           

viernes, 7 de noviembre de 2014

PINK YARROW (Esencia de California)

“La ley del colador”

Cuando conocí a Clara y a Marcos hubiera jurado que eran hermanos, y no por el parecido físico de ambos, la verdad es que son bastante distintos, uno moreno y la otra rubia, ella demasiado alta para ser mujer y él, tal vez, demasiado bajo para ser hombre, pero sus expresiones y sus gestos tan similares solo podían provenir de dos personas que hubieran pasado la totalidad de sus vidas juntos. La realidad es que apenas llevaban unos años compartiendo su estrecha amistad, aunque las situaciones tan intensas que vivieron bien podían haberla transformado en toda una vida. Ellos mismos inducen a la confusión que se genera cuando están juntos al llamarse hermanos, y en la que no solo yo he caído, pero es que pocos hermanos están tan conectados como lo están ellos. Saben casi al instante lo que piensa cada uno, sus estados de ánimo, o sus preocupaciones, pero manteniendo, eso sí, una sana distancia emocional. Tal y como me contaron más tarde, cuando nuestra amistad conjunta se hizo patente, no siempre habían podido mantener aquella clase de empatía, hubo un tiempo que pudo haberles costado la vida a los dos. Pero gracias a Dios supieron encontrar a tiempo el centro de la paz interior que les ayudó a mantenerse inalterables ante el sufrimiento del otro. De no ser así no hubiéramos podido mantener nunca aquella conversación. Curiosa como soy, y debido a que mi profesión así lo requiere, les pedí permiso para ahondar en su historia y  hacerla llegar a otras personas. Me pareció muy interesante poder hacerlo, porque de esa manera, su experiencia podría valer para ayudar a otro en situaciones parecidas, tal vez no tan dramáticas, pero sin obviar que las cotidianas, en ocasiones, son también muy difíciles de sobrellevar y pueden acabar en autenticas tempestades emocionales. Ambos estuvieron de acuerdo conmigo, pero debido a la gran extensión de su relato, decidimos transcribir solamente una parte de él, la más esencial, la que recogía con más claridad el sentido del mensaje, en el que los tres estuvimos de acuerdo, era el más importante: “La necesidad de no implicarse en los sentimientos del otro sin olvidarse de la empatía”, como ellos me dijeron entre risas, y ambos a la vez “La ley del colador”, ante la cara de extrañeza que puse, de nuevo riendo, y al unísono, me lo aclararon: “Filtrar los sentimientos para que solo lleguen los apropiados, protegiendo al corazón de los impactos negativos”. Pocas palabras más pueden añadirse a las tres frases anteriores, pero creo que la historia vale la pena de ser escuchada.

Quizás sino hubiera sido por el dramatismo de la situación en sí, Clara y Marcos jamás se hubieran conocido, pero el destino, que tiene unos hilos invisibles muy extraños, los cruzó a ambos en el mismo camino, aunque por diferentes razones. En aquellos entonces Clara era cooperante de una ONG con fines humanitarios y Marcos uno de los protagonistas del drama que acababa de ocurrir. Tal vez con el bagaje emocional que cargaba Clara a sus espaldas aquella misión no era la más acertada para ella, o ni siquiera estaba preparada para formar parte de ninguna organización similar.  Era excesivamente permeable, y su compasión se volcaban tanto en el sufrimiento ajeno que siempre acababa implicada emocionalmente hasta la médula. Cuando en alguna ocasión, algún compañero suyo, le había recordado la necesidad de mantener una distancia prudente para no salir dañada, siempre rebatía el consejo con su expresión favorita: “El que no se implica no comprende”, y es que estaba totalmente convencida, de que para poder ayudar al otro, necesariamente, tenía que experimentar su dolor. No había comprendido aún la sutil diferencia entre implicar o empatizar.

Las lluvias torrenciales que había azotado furiosamente aquella parte del país había provocado las inundaciones más brutales de la historia, muchos pueblos habían quedado totalmente aislados los unos de los otros, y el acceso a la mayoría para poder socorrerlos, humanamente imposible. Especialmente dramática era la situación de una pequeña aldea donde decenas de personas habían quedado atrapadas, sin ningún tipo de alimento ni agua, tras haber sido sorprendidos, en cuestión de minutos, por un corrimiento de tierra derivado de las fuertes lluvias. Los supervivientes eran, en su gran mayoría, niños que en el momento de la tragedia se encontraban en la escuela, el lugar más alejado de la aldea. Entre los pocos adultos que los acompañaban algunos estaban heridos, unos leves, pero otros de extrema gravedad, que necesitaban con urgencia algún tratamiento médico. La única vía accesible para llegar hasta ellos era a través de caminos de montaña, que además de dificultar la llegada de auxilio, no estaban exentos de peligro, nadie sabía en que estado podían encontrarse en aquellos momentos. Pero era obvio que no podían abandonarlos a su suerte, y que tenían que jugársela si querían llegar a tiempo. Con los mejores medios de que disponían, escasos todos ellos, organizaron un equipo de rescate. Dada la imposibilidad de utilizar ningún vehículo a motor, y de que no podían cargar a sus espaldas todas las cosas necesarias, consiguieron algunos caballos, que además de ayudarlos con el transporte, facilitarían el regreso con los niños y los heridos. En cuestión de pocas horas todo quedó organizado, Marcos era el lugareño que los guiaría, gran conocedor de todos los caminos montañosos y pasos alternativos por los que podrían llegar hasta el lugar. En un principio Clara no formaba parte de la expedición, ya que estaba destinada en otra tarea igualmente necesaria, pero a último momento, una de los sanitarios que tenía que ir, sufrió una rotura de pierna debido a una caída y la única persona que podía sustituirlo era ella, ya que tenía conocimientos de primeros auxilios. De esa manera Clara y Marcos se vieron unidos por el destino en la mayor aventura de sus vidas, y que acabó convirtiéndolos en hermanos del alma.

La situación estaba mucho peor de los que Marcos había supuesto, corrimientos de tierra propiciados por el reblandecimiento del terreno, habían dejado prácticamente impracticables la mayoría de rutas habituales. Por lo que constantemente se veían dando grandes rodeos para llegar casi al punto de partida del lugar de donde se habían tenido que desviar, estas contrariedades alargaban excesivamente el momento de la llegada. Clara, hipersensible a todo lo que estaba viviendo últimamente, tenía las emociones a flor de piel, y esto estaba mermando enormemente su energía y su capacidad de resistencia. El simple pensamiento de aquellos niños solos, hambrientos, heridos y asustados, encogían su corazón, y en más de una ocasión se había visto sorprendida por las lágrimas, si no hubiera sido por la lluvia que no cesaba de caer, todos se hubieran dado cuenta del estado de vulnerabilidad en el que se encontraba. Dadas las circunstancias nadie podía permitirse tamaña debilidad, todos necesitaban tener sus reservas de fortaleza al cien por cien, sino más, porque lo contrario suponía una merma imperdonable de sus capacidades objetivas. Debían estar preparados para lo que se encontraran, procurando salvar el mayor número de vidas posibles, incluyendo las propias.

A medida que se acercaban, las condiciones meteorológicas y del terreno empeoraban, la última conexión por radio, antes de perder definitivamente la frecuencia, les había informado de un nuevo frente de lluvias especialmente virulento. Si no se daban prisa, la garganta de montaña que tenían que atravesar antes de llegar al punto de destino, estaría totalmente impracticable para ser cruzada, si es que no lo era ya en aquellos momentos. Pero un nuevo contratiempo se cruzó con brusquedad en el camino. El puente por el que tenían que atravesar, que comunicaba las orillas de un caudaloso río, había sido arrastrado por la corriente, tal y como Marcos se había temido. Un nuevo desvío suponía un retraso que no se podían permitir, la única solución era que el resto del camino lo realizaran solo dos personas, el guía y un sanitario, y que los demás esperara, como mejor pudieran, a que ellos alcanzar el paso de la garganta antes de que fuera demasiado tarde para rescatar al máximo número posible de los que estuvieran en condiciones de hacerlo. Antes de tomar la apresurada decisión, por las mentes de todos se cruzó la magnitud de lo que se estaba planteando. Los heridos o los excesivamente débiles no podrían ser rescatados, y aún así, no había garantías de que alguien saliera con vida. Pero situaciones extremas requerían soluciones rápidas y frías, Marcos y Clara partieron con lo escasamente necesario que no entorpeciera su misión, el resto aguardarían rezando para que un milagro los ayudara a todos.

La urgencia de la situación, y la soledad de las elecciones, fueron el detonante para que las bases de amistad de ambos se solidificaran. Sus vidas dependían de las rápidas decisiones de uno y de otro, no podían permitirse fallos, la sincronicidad y el entendimiento debía ir al unísono, no había tiempo para conocimientos personales. Sus mentes y sus cuerpos debían ser una sola unidad. Es curioso, como lo perentorio de una situación y su magnitud, pueden magnificar el tiempo que se pasa juntos. Lo que en otro momento hubiera representado años de conocimiento, se compactó en  pocas horas. Ambos sabían que el uno sin el otro podían morir y su misión abortada. Por lo que su unión trascendía todas las normas existentes. Era como si se conocieran de toda la vida y el afecto del uno por el otro traspasara las barreras del tiempo.

A pocos kilómetros de la temida garganta, y desde la altura en la que se encontraban, observaron aliviados que podía ser atravesada sin problemas, el agua que circulaba por ella la hacía relativamente transitable, si se daban prisa podrían estar de regreso antes de que el temporal que se avecinaba hubiera descargado, porque entonces la crecida del río la haría totalmente impracticable. La bajada hasta llegar allí, a pesar de la rapidez con que debían efectuarla, obligaba a mantener los cinco sentidos puestos en ella, ya que un pequeño resbalón representaría el final del viaje. El terrero era inseguro y resbaladizo, y ambos sufrieron algún que otro susto, de los que salieron relativamente ilesos. En el último Marcos había sufrido una torcedura dolorosa, que aunque Clara era consciente de ella, ignoraba la magnitud que estaba alcanzando. Marcos notaba como la hinchazón se iba extendiendo, y el dolor comenzaba a ser prácticamente insoportable, pero como hombre duro forjado en aquellas tierras traicioneras, lo sobrellevaba como mejor podía. Estaba convencido de que de seguir así, cuando pararan, no podrían ponerse en pie de nuevo, debido a eso las indicaciones a Clara, de por donde debían regresar y los pasos alternativos en caso de no poder acceder a ellos, se intensificaban a cada paso que daban. Marcos mantenía la primera posición en la marcha, y Clara lo seguía de cerca, por lo que era consciente del dolor que estaba soportando su compañero, y su corazón, ya de por si maltrecho por la situación, sufría lo indecible sintiendo como propio el dolor de él. Era como si sus propios pies también hubieran sufrido el mismo percance, hasta tuvo que cerciorarse con disimulo de que no sufría ninguna hinchazón que lo confirmara.

Por fin habían llegado a su destino, tan solo les quedaba salvar una pequeña loma. Desde allí y sin dejar de avanzar evaluaron la situación. Aunque la gran mayoría podrían hacer el camino de regreso, unos cuantos, incluidos varios de los niños, tendrían que quedarse para que el resto pudiera salvarse. Clara consciente de la situación comenzó a sentirse partida por la mitad ¿cómo podría llevar a cabo aquella crueldad? Era condenar a  morir a los que no pudieran mantener el ritmo frenético que hacia falta. No estaba preparada para aquello, sus emociones disparadas comenzaron a nublarle el entendimiento, pensando que tal vez, aún retrasando la marcha y ayudados los unos por los otros, podrían salvarse todos. Otra alternativa era quedarse allí, tratando de curar a los heridos, y rezando para que el tiempo mejorara y todos pudieran ser rescatados. Ambas opciones eran inviables, les condenaban a morir a todos. La compasión salía a borbotones de su corazón, obnubilando totalmente la razón.

Las caras de alivio con las que fueron recibidos hacían aún más difícil comunicar la decisión que debían tomar. Los heridos, presintiendo su vulnerabilidad,  se agarraron con desesperación a sus manos y a sus pies. Clara lloraba desbordada por los sentimientos, sintiendo un inmenso dolor en el centro de su pecho. Se había implicado tanto emocionalmente que se sentía incapaz de distanciarse para llevar a cabo la decisión correcta. Naturalmente, Marcos, no permanecía impasible ante el dramatismo que los rodeaba, eran su gente. Era como decidir que brazo tener que amputar que doliera menos. Pero hacer lo que debía hacer era dar una luz de esperanza a la gran mayoría, aunque la seguridad no fuera del cien por cien. Si no se daban prisa la tormenta se desencadenaría y ya no habría opción viable que decidir. Clara, aún consciente de la urgencia de la situación, estaba paralizada por el dolor que toda ella estaba absorbiendo de los demás. Se sentía tan confundida, que no sabía donde acababa su sufrimiento y comenzaba el de los otros. Ambos se habían fusionado. La mirada implorante de una anciana atrajo su atención como un imán, pensando que todavía disponía de algún tiempo para amortiguar el dolor de sus heridas, se acercó a ella  preparando el analgésico adecuado. Pero la anciana retuvo sus manos de lo que estaba intentando hacer, y por el contrario, colocó entre ellas algo que Clara no pudo distinguir, ya que estaba envuelto primorosamente en un pañuelo ribeteado de encaje. Sus arrugadas manos mantuvieron las de Clara firmemente sujetas y las llevó hacia su corazón, que latía acelerado. Más tarde fue consciente de que tan solo habían pasado unos escasos minutos en aquella extraña comunión, pero para ella fue como si el tiempo se hubiera dilatado dando cabida a una infinidad de sensaciones y conocimientos.

La vista pareció nublársele, y las lucecitas que se formaron en sus ojos fueron agrandándose hasta formar una única luz, luminosa pero suave, que fue expandiéndose hasta alcanzar todos los rincones de su cuerpo, situándose con mayor intensidad en su corazón. Al instante una gran paz relajo todo su ser, ese dulce equilibrio proporcionó la objetividad para que la compasión verdadera pudiera liberarse de su corazón. Estaba encontrando la distancia necesaria para discernir sus sentimientos y poder actuar desde el conocimiento, y no desde el sufrimiento. Comprendió con claridad la necesidad de no implicarse emocionalmente para poder mantener despejada la razón, y desde la empatía,  actuar en consecuencia. Quedándose paralizada estaba negando la ayuda que los demás esperaban de ella, no podía permitirse en aquellos momentos la permeabilidad de las emociones o el dolor proveniente del exterior, desde su paz interior tenia que mantenerse inalterable antes sus estados fluctuantes de ánimo. No podía quedarse atrapada en el dolor, debía actuar ya, y con rapidez, de su decisión dependía salvar algunas vidas o no salvar ninguna. Fue consciente entonces de la sensación de que un poderoso escudo rosado se extendía a su alrededor, protegiendo su paz interior del caos y del sufrimiento exterior. Pero no era un escudo rígido y duro, sino permeable y maleable a la emoción, porque esa sería la que le iba a proporcionar el empuje, justo y necesario, que la situación requería.

Cuando en sus ojos se extinguieron la lucecitas, que habían dado comienzo apenas unos instantes antes, Clara observó que la anciana, aún manteniendo la firmeza de sus manos apergaminadas sobre su pecho, había partido a un lugar sin retorno donde el dolor ya no podía alcanzarla. Por primera vez no se vio desbordada por los sentimientos que aquella imagen. Dando las gracias mentalmente por aquellos últimos momentos compartidos, y sin tiempo para comprobar que encerraba aquel presente que apretaba sobre su corazón, Clara lo guardo en el bolsillo interior de su chaqueta, y fue en busca de Marcos que ya lo tenía todo preparado. Un nuevo desafío a sus sentimientos surgió cuando éste le informó que él no los acompañaría, en vez de una ayuda se había convertido en una carga, su pie ya no estaba en condiciones de seguir, y solo entorpecería la marcha. Se quedaría junto a los heridos y haría todo lo que estuviera en sus manos por ellos. Clara sintió como nuevamente su corazón se partía en dos, pero una energía dulce pero contundente, se filtró en él atravesando las barreras de la ropa, lo que fuera que contuviera aquel regalo poseía un poder muy potente. Ambos conocían las dificultades del regreso, Clara no era ninguna experta de aquella región, pero había permanecido muy atenta a todas las indicaciones que por el camino le había ido dando Marcos. Antes de partir los dos se miraron a los ojos, conscientes de que aquella sería la última vez que lo hicieran. Antes de ponerse en marcha Marcos la tranquilizó diciéndole que encontrarían el camino de regreso, fuera el que fuera, porque iban a estar guiados por el espíritu de la anciana, la chamán de aquella pequeña comunidad que acababa de morir junto a ella.

El regreso no estuvo exento de dificultades o peligros, pero una gran fortaleza interior guiaba todos sus pasos, en las ocasiones en las que dudó de su propio criterio, una voz dulce le susurró al oído hacia donde debían dirigirse. La gran tormenta anunciada acabó convertida en un fuerte chaparrón, ya que el viento, contra todo pronóstico, la empujó lejos de allí descargando su ferocidad en las embravecidas aguas del océano. Cuando poco antes de llegar escucharon los relinchos de los caballos que aguardaban su llegada, los gritos de júbilo alertaron al resto de compañeros que aguardaban con impaciencia.

Debido a que las cargas electrostáticas habían descendido por el alejamiento de la tormenta, o eso quisieron creer los demás, Clara tenía otra certeza, pudieron comunicarse con la base de la ONG e informar de la localización exacta de donde se encontraban los que no habían podido moverse y de la situación de los heridos. Cuando la seguridad del tiempo lo permitió, los helicópteros pudieron llegar al lugar y rescatar a la mayoría que habían podido resistir en aquellas precarias condiciones, Marcos fue uno de ellos. Su pie había sanado con una rapidez asombrosa, y si no hubiera visto con sus propios ojos como lo tenía antes de partir con los niños, Clara hubiera pensado que todo había sido un montaje para quedarse al cuidado de los que no podían desplazarse. Más tarde, cuando Marcos le confesó que las gentes de aquel pueblo eran las suyas y la anciana chamán, su abuela, Clara comprendió muchas cosas.

Una vez que Clara acomodó en el campamento improvisado a todos los niños que acababan de vivir una emocionante aventura con caballos incluidos ¡bendita inocencia!, y mientras aguardaba las noticias del rescate de los que se había quedado, desplegó con curiosidad el hatillo de encaje que aún guardaba sobre su pecho. Al observar su contenido se quedó totalmente perpleja, un ramillete de flores rosas, inauditamente frescas, a pesar del tiempo que debían llevar arropadas en aquel envoltorio. Según le explicó tiempo después Marcos, aquella variedad de flores era bastante rara y costaba mucho de encontrar, su abuela siempre la había considerado una planta de poder, utilizada en la antigüedad por chinos, druidas y anglosajones, debido sus dotes adivinatorias y de protección.

Aun hoy en día Clara las conserva protegidas por pañuelo de encaje, y siempre reposando muy cerca de su corazón, para que sigan proporcionándole protección emocional y que no mermen sus facultades de discernimiento. Inexplicablemente se mantienen en el mismo estado que cuando se las entregó la abuela de Marcos. Él se ríe de su superstición, diciéndole que no es frecuente que una urbanita como ella crea en esas cosas, pero en el fondo, se siente muy orgulloso de que las lleve siempre consigo, es como si mantuviera vivo un trocito muy importante de su abuela. Cuando le gasta bromas sobre ese asunto, Clara lo deja hacer, lo conoce demasiado bien, no por nada son hermanos y nietos del alma, y porque que sabe que también él es un autentico chamán, de los que ya quedan pocos. Sin que nadie se lo haya dicho, tiene la certeza de que la vibración de las flores protege también a Marcos, el espíritu de su abuela tiene energía para los dos.

Este es el relato que me dejó cautivada la primera vez que lo escuché de sus labios. Mis amigos, Clara y Marcos, van ampliando cosas a medida que nuestra amistad se fortalece. Sé que aún quedan misterios por revelar de lo que realmente sucedió en aquellas montañas, pero no tengo prisa, lo esencial ya está dicho. Por cierto, soy testigo del poder de esas flores, en alguna ocasión también han fortalecido mi voluntad para que no tome como propios los problemas de los demás, haciéndolos míos y volviéndome vulnerable. Y realmente se conservan en perfecto estado.

Pink Yarrow (Esencia de California)

lunes, 27 de octubre de 2014

POMEGRANATE (Esencia de California)

“Caminos que se bifurcan”

Amber y yo hemos sido amigas desde la guardería, desde el primer día en el que, como un conciertoorquestado, uno de los niños comenzó a llorar al ver que su mamá lo dejaba en brazos de su cuidadora y los demás lo seguimos como solidarizándonos en su protesta. Amber, mucho más acostumbrada a ver partir a la suya, fue la única que no se unió a nuestros lloros de abandono, por el contrario, nos miró con cara de decir: “¿Pero que os pasa chicos, si somos muchos para divertirnos?”, y sacándose su chupete con forma de luna sonriente me lo encasquetó en la boca. Cogida por sorpresa chupeteé con fruición y dejé de llorar automáticamente, entonces Amber me tomó de la mano y juntas nos fuimos a jugar con los cajones de arena y los cubos de colores. A partir de aquel día siempre fuimos cogidas de la mano a todas partes. Naturalmente ni ella ni yo recordamos nada de todo eso, aunque nos encanta esta historia que forma parte de nuestra propia vida en común. Ahora, la fuerte y decidida Amber, necesita como nunca una mano amiga que la ayude a dar los primeros pasos en una dirección totalmente desconocida para ella, y aunque ya somos mayores para jugar con cubos de colores y cajones de arena, está deseosa de recuperar aquella parte infantil donde los problemas y las decisiones no existían, donde encontrar el equilibrio para no caerse de culo era el mayor reto que se pudiera alcanzar, y donde las caídas y los golpes se aliviaban con una tirita, un beso y un “sana, sana, culito de rana”. Mi querida amiga se encuentra en una bifurcación de caminos y no sabe cual de ellos escoger. Aún no ha descubierto que se puede seguir por el camino del centro, por el que marca su corazón, sin necesidad de dejar atrás deseos, ilusiones o proyectos, porque todos pueden tener cabida en su vida. Solo necesita saber colocar cada cosa en el lugar de importancia que le corresponde, encajar las piezas del rompecabezas y dar un paso después del otro. Está tan desorientada que necesita que alguien le coloque por sorpresa el chupete en la boca y la tome de la mano, y esta vez, en justicia, me toca a mí ponérselo.

Para que podáis comprender esta historia creo que debería comenzar por el principio, pero no os asustéis, saltaremos algunas etapas y nos colocaremos justo en el momento en que ambas dábamos por finalizada nuestra etapa universitaria. Con mi flamante título de Profesora en Educación Infantil, y con unas credenciales estupendas que me avalaban como una excelente educadora, no tardé mucho en encontrar un trabajo hecho a mi medida. Mi sueño acababa de cumplirse y de momento mis expectativas estaban cubiertas. Por su parte Amber, más ambiciosa que yo y con unos sueños más altos, quiso continuar ampliando su formación y se matriculó en todos los masters que surgieron a su paso. Había estudiado empresariales y no se conformaba con adquirir experiencia comenzando por la base, cuando le ofrecieran un puesto de trabajo tenía que ser en el vértice superior de la pirámide, y vaya si lo consiguió, aunque para lograrlo tuvo que sacrificar muchas cosas personales. Pero se empeñó en ser la primera en todas las promociones, y cuando dio por finalizada su formación las grandes empresas se la rifaron para que formara parte de su plantilla de ejecutivos. Por aquel entonces yo ya estaba consolidada en mi propia profesión y me habían ofrecido la dirección en un centro de enseñanza infantil muy revolucionario, era como una especie de centro piloto donde se quería llevar a cabo una enseñanza totalmente distinta a la convencional. Se esperaba potenciar las cualidades individuales por encima de la enseñanza obligatoria, es decir, no había un sistema de estudios reglado ni estipulado, con ello se pretendía, que desde la más tierna infancia, los niños se acostumbraran a decidir y seguir las tendencias naturales de su carácter en materia de estudios, motivando y desarrollando sus cualidades innatas sin imposiciones ni competitividad, y dando gran énfasis en el respeto mutuo, la colaboración y la aceptación. Ni que decir tiene que estaba súper emocionada con ese proyecto tan vanguardista en el que tenía puestas muchas esperanzas. El claustro de profesores estábamos ansiosos por comenzar, con la ilusión puesta en llevar a buen puerto todas nuestras ideas, maduradas y consensuadas según el ideario que nosotros mismos habíamos desarrollado. El día de la inauguración del centro, como no, Amber estuvo a mi lado apoyándome y emocionándose por las maravillas que podríamos conseguir en materia de enseñanza. Y no solo estuvo allí como mi amiga, sino que su empresa fue la principal impulsora, junto con otras más del sector, las que se implicaron en forma de donaciones económicas para dar apoyo a nuestro proyecto educativo.

La cosa comenzó a complicarse un poquito cuando comenzó a palpitarme el reloj biológico. Rodeada de tantos niños, mi instinto maternal se disparó por completo. Todos los niños que me rodeaban formaban parte de mí y ayudaban a que mi creatividad interna se desarrollara, pero además de esa reconfortante tarea, necesitaba crear con mi propio cuerpo una nueva vida para sentir que mi feminidad estaba dando sus frutos. Pero en aquellos momentos no había ninguna pareja estable a mi lado, alguien con quien poder compartir aquel proyecto. Y ese fue mi mayor error, confundir la maternidad con un proyecto. Pero hubo más errores. El no tener pareja no iba a detenerme, no iba a ser ni la primera ni la última mujer que tuviera un hijo en solitario, existían más formas para concebir que las convencionales. Y me fui de cabeza a ellas. Planifiqué hasta el último detalle, cuándo y en qué momento debía ocurrir la fecundación para que mis otros proyectos no se vieran afectados. Era una carrera contra reloj, y no solo contra el biológico. Me volqué tanto en su consecución que me olvidé de lo primordial, el amor del acto en sí, el de dar vida a través de mi propio cuerpo, sin prisas, sin horarios, sin premuras, permitiendo que mi organismo asumiera el mando, y no la mente acelerada que planificaba y ejecutaba. Me olvidé, por así decirlo, del propio ideario que como profesora había adoptado, el de permitir el desarrollo de las cualidades innatas de cada uno. No dejaba que mi cuerpo desplegara su propia creatividad femenina, la maternidad. Es verdad que no solo me veía abrumada por los plazos que no se cumplían, la parte monetaria era un grave problema, no tan solo estaban en juego mis ilusiones, sino también mi economía. Creo que si todo aquello hubiera ocupado el lugar que le correspondía y me hubiera sentido más libre, sin plazos estipulados estresantes ni ilusiones rotas, mi cuerpo habría reaccionado de otra manera, abriéndose como una flor madura a punto de ser polinizada. Tubo que ser la gran sabiduría de un niño de tres años la que me abriera los ojos e hiciera que algo dentro de mí se detuviera y relajara. Cuando animé a mi travieso alumno a que plasmara en su hoja aquello que deseaba hacer, con mucha seriedad se me quedó mirando, y tras unos segundos de reflexión me dejó caer la lección como el que no quiere la cosa: “Hasta que no esté tranquilo no quiero hacerlo, porque si no, no me gusta lo que veo”. ¿Podría ser mi propia urgencia la que hacía que no me gustaran los resultados que estaba obteniendo? Aquello me dio que pensar más de lo que creéis, pero pasado un rato de reflexión mi cabeza siguió por sus propios derroteros y aparcó los latidos del corazón que en aquel momento se habían desbocado como dando su confirmación. Tuvo que ser de nuevo el mismo niño el que acudiera en mi rescate (como que no creo que nada suceda porque sí, estoy segura de que hubo una gran razón de peso que hizo que estuviera conmigo aquel trimestre y no con otra de las cuidadoras, estábamos destinados a interactuar juntos, ya que yo le ayudé a dejar definitivamente de mojar la cama por las noches, y él a mí para que encontrara el camino correcto).

Aquella semana trabajábamos sobre los colores, las formas y los alimentos, y mi pequeño maestro trajo una granada, redonda, roja y suculenta. Pero no se conformó solo con eso, no señor, trajo la rama entera del árbol en la que estaba colgando. Entre risas, su madre me explicó que había sido imposible que comprendiera que no hacía falta traerse medio árbol, pero él quería darme también la bonita flor que lo acompañaba. La casa de campo de sus abuelos estaba repleta de aquellos árboles y él mismo había sido el que había querido recogerlo para traerlo a la clase. Después de darle las gracias y enseñarlo a los demás niños y permitir que todos  palparan, olieran y probaran, lo dejé sobre mi mesa junto al resto de las variopintas frutas que habían traído el resto de los niños. Cuando el último de ellos abandonó la escuela para regresar con sus familias, yo me quedé recogiendo los trabajos que habían hecho y valorando lo positivo de la experiencia que había sido muy enriquecedora para ellos. Lo que supe después es que la experiencia fue aún más enriquecedora para mí.

La mirada se me quedó atrapada en aquella rama florida. Verdaderamente sus hojas eran muy bonitas, lustrosas y brillantes. Su fruto, aunque no era la primera vez que lo veía, captó de singular manera mi atención, sus semillas dulces y pegajosas, semejaban óvulos contenidos dentro de un ovario, y pensé para mis adentros, si los míos estarían tan bien provistos y así poder tener muchas más posibilidades de engendrar. Meneé la cabeza con incredulidad, estaba tan obsesionada que veía similitudes con mi problema mirara donde mirara, (de nuevo otro fallo, ver toda la situación como un problema y no como una posibilidad)  Pero lo que mantuvo mi mirada hipnotizada fue la preciosa flor bermellón con textura de papel. No podía apartar mi mirada de ella, y por un instante creí ver movimiento en su interior, lo que hizo que la sostuviera entre las manos observándola más de cerca. Al momento mis manos sintieron una suave sacudida, que fue extendiéndose a lo largo de los brazos, para desplazarse después por todo mi cuerpo. Pero mi mente fue la que más sacudida recibió. Por ella pasaron imágenes de relojes con manecillas girando a toda velocidad, trenes que desaparecían raudos por vías que se perdían de mi vista y cuentas bancarias que iban perdiendo ceros. Hasta que una imagen se quedó suspendida en el centro, era una flor bermellón en forma de corazón que se interponía ante aquella vorágine de movimiento, ralentizándolo todo hasta detenerlo. Fue cuando comprendí lo que mi corazón intentaba comunicarme, me había obsesionando tanto con el paso del tiempo que había bloqueado todo el proceso hasta frenarlo. No había sabido darle la importancia que se merecía tomándome el tiempo necesario para disfrutar la experiencia más bonita y enriquecedora de mi vida: albergar en mi interior un nuevo ser. Ya sabía por todas las pruebas que me habían realizado que físicamente no había ningún problema, era mi propia energía la que estaba bloqueando todo el proceso. La preocupación con que lo estaba viviendo era mi mayor enemigo. Mis ovarios eran el reflejo de mi estrés y mis óvulos se habían visto involucrados en él, se negaban a salir y verse arrastrados a un planning, formando parte de una elaborada ecuación. Si no conseguía relajarme mi creatividad femenina podría verse abocada a crear un simulacro de embarazo en forma de quiste ovárico o de matriz, dando cobijo a una energía equivocada en mi interior. De nuevo en la pantalla de mi mente se formó la frase que había escuchado días atrás: “Hasta que no esté tranquilo no quiero hacerlo, porque entonces no me gusta lo que veo”, y ciertamente no me gustaban nada los resultados que estaba obteniendo. ¿Realmente era consciente del maravilloso milagro que podría suceder en mi interior? No, estaba claro que no. Todo se había reducido a graficas, fechas y berrinches. Ahora estaba preparada para vivirlo desde otra perspectiva muy diferente, desde la visión del corazón, y no desde la visión de la razón. Si mi cuerpo estaba preparado para dejar fluir toda su creatividad femenina, sería la mujer más feliz del mundo, en caso contrario también los sería. Mi creatividad estaba asegurada de todas maneras, si no creaba físicamente lo haría emocional y profesionalmente. Y mi instinto maternal se abocaría en todos aquellos niños, que en el fondo, eran un trocito de mi misma.

Aunque no os lo podáis creer dos meses después de aquella tarde en la que mi sabio alumno me había obsequiado con algo tan lindo, mi cuerpo, por fin libre de estrés y agobios, se abrió como una fruta madura preparado para cobijar en su interior la magia de la concepción.

Como os podéis imaginar, tras esta experiencia tan enriquecedora, me considero preparada para ofrecerle la mano a Amber y ayudarla a atravesar los entresijos de su mente hasta llegar a los suaves caminos de su corazón. Aunque el dilema en que se debate no es el mismo por el que yo pasé, tiene mucho, tal vez todo que ver, con la propia creatividad femenina. Mi amiga cree, como en algún tiempo yo misma creí, que la creatividad está compartimentada, y que por lo tanto la profesional  no tiene nada que ver con la personal. Ambas son irreconciliables, no pueden recorrer caminos paralelos. Que no se puede ser una buena profesional sin ser una mala madre, o para el caso, una buena madre sin ser una mala profesional. Durante años se ha esforzado en demostrarse a si misma, y al mundo entero, que se merece por derecho propio el lugar que ocupa profesionalmente. Para ello ha tenido que rechazar todas sus cualidades femeninas, la sensibilidad, la intuición, la ternura, para adoptar los roles masculino de la agresividad, competitividad y poder. Desconoce que el mayor poder es el que proviene de la fuerza interior, que se puede ser tan creativa laboralmente como ejerciendo la maternidad, y que ambas, con buen entendimiento, pueden ser compatibles si así se desea. Cada momento de la vida tiene sus prioridades, y el corazón y la mente en equilibrio son la mejor brújula para dirigirlas. Una decisión tomada desde ese centro de poder equilibrado garantiza la inexistencia de conflictos internos posteriores. Sé que con palabras, las mías, es muy difícil que comprenda nada. Está tan ofuscada en la bifurcación de caminos que innegablemente no puede darse cuenta que existe un camino central. Por eso hoy mismo voy a acompañarla a un lugar muy especial. He pedido permiso a la familia de mi sabio y pequeño alumno, y de su mano vamos a recorrer el campo de árboles del cual recogió con todo cuidado la rama que tan amorosamente me entregó aquel día. Intuyo, con esa intuición femenina que se nos despierta a las embarazadas, no en balde somos dos seres uniendo sus más exquisitas energías, que Amber va a sufrir una mágica transformación, muy parecida a la que experimenté yo misma hace apenas unos meses. Tal vez mayor, porque en su interior convergen muchas más cosas, pero por eso la vibración necesaria para esa transformación es aquí mucho más intensa, estamos rodeadas de infinidad de árboles de flores bermellón y frutos semejantes al centro mismo de la creatividad femenina. Tal vez a mi hijo, porque estoy segura de que es un niño lo que albergo en mi interior, se beneficie de la energía que nos envuelve con ternura. Podrá venir al mundo con su parte femenina desarrollada, tendrá conocimiento de su ánima desde antes de nacer, de esa manera su parte masculina y femenina estará en perfecto equilibrio, y su vida adulta se verá enriquecida con ese conocimiento.

Por la expresión de concentración que tiene Amber y que tan bien conozco, sé que en su interior están sucediendo muchas cosas, y que aunque al principio su mente esté al mando, el corazón encontrará su lugar al lado de ella. Juntos y complementados ayudarán a la confundida mujer ejecutiva a encontrar su camino. A que se de el permiso necesario a si misma para no ser tan exigente y crítica con sus decisiones, a darse cuenta de que no necesita ser una súper mujer y contentar a todo el mundo, porque todo tiene su lugar y su momento, y que tal vez sea ella misma la que está poniendo freno a sus ilusiones y deseos. Sea cual sea el camino que escoja recorrer estoy segura de que lo habrá elegido desde el centro mismo de su poder, aquel que está en equilibrio y en paz. Si al final, como creo, ha escogido el central, estoy segura de que será tan excelente madre como lo es en su profesión, porque conozco cuanto amor y dedicación pone en todo aquello que emprende, aunque ella se las de de ejecutiva agresiva. Tiene una sensibilidad innata en su interior, lo sé desde que me ofreció desinteresadamente su chupete en forma de luna sonriente en la guardería. Es una madraza que gesta creaciones y mima con cariño los resultados, por eso no tengo ninguna duda de que sabrá tomar la decisión acertada. Tal vez dentro de unos meses nuestros retoños nos tomaran el relevo, y espero, que si ese momento se materializa, ambos sean capaces de prestarse el chupete, darse la mano y jugar en armonía con cubos de colores y cajones de arena.

Mientras ese momento no llega me contento con acariciar mi vientre hinchado y esperar a que mi amiga salga de su trance, después apoyaré su decisión, sea cual sea, dándole la mano en el camino, al igual que ella me la ha dado tantas veces.Tal vez algún día necesitemos acudir de nuevo a este maravilloso campo de árboles en busca de la energía necesaria para afrontar una nueva etapa en nuestras vidas, ayudándonos a comprender, que aunque físicamente ya no podamos desarrollar nuestra creatividad maternal, aún seremos capaces de desarrollar nuestra creatividad interior, porque ésta es infinita y nos acompañará hasta el último aliento. Pero para todo eso falta mucho tiempo aún. Ahora toca vivir en plenitud los momentos que nos ofrece el día a día, que son irrepetibles y maravillosos. Mi hijo acaba de confirmármelo con una suave patadita. Mientras espero a que Amber interiorice toda la sabiduría de la energía que nos rodea, yo voy a dar gracias por el fruto jugoso y dulce que mi sabio y pequeño amigo acaba de ofrecerme.    

Pomegranate (Esencia de California)
      
                         
         


              

miércoles, 15 de octubre de 2014

GOLDEN EAR DROPS (California)

“La historia de un payaso”

Esta es la historia de Chiquilín, el mejor payaso que conocí en mi vida, gracias a él aprendí muchas cosas, pero la más importante de todas ellas, la de la superación, la de volver a levantarse cuando uno cree que ya no vale la pena hacerlo, la de que a pesar de todo lo malo que nos ha sucedido en el pasado, podemos llegar a mirar hacia delante con esperanza. El me enseñó con su historia “que por muy devastado que pueda llegar a quedar un lugar, siempre habrá flores capaces de florecer en él”.

Conocí a Chiquilín en el circo donde pasé mis primeros años de juventud, y más tarde, el resto de mi vida. Había llegado a él huyendo de una familia, que de familia solo tenía el nombre. Una familia capaz de maltratar, vilipendiar y humillar a los propios seres de su misma sangre. Cuando tuve edad suficiente para escapar, sin que la justicia me devolviera de nuevo al mismo lugar o que Asuntos Sociales tomaran cartas en el asunto, cogí una mochila, y poca cosa más, y me puse en camino hacia donde mis pies me llevasen. Tuve la suerte de que en él se cruzara el circo de Chiquilín, porque allí conocí, por primera vez, a una familia auténtica, una familia que se respetaba, protegía, ayudaba, y sobretodo, se amaba. Llegué siendo un joven huraño y malhumorado, y acabé haciendo reír a todo el mundo. Y todo se lo debo a él, al padre del corazón que nunca tuve, lástima que no hubiera sido el biológico también, pero quizás, si no hubiera sido por mi pasado, nunca hubiera podido llegar a ser la gran persona y el gran payaso que después fui.

Comencé a trabajar en el circo después de que Chiquilín me pillara robando la comida de los chimpancés. Organizaron tal escándalo cuando me vieron llevarme sus manzanas y sus plátanos que no pude escapar de allí sin que me descubrieran. Tal vez, sino hubiera sido por el instinto de supervivencia, no me habrían descubierto, pero llevaba varios días oculto en los bajos de una de las jaulas, y el hambre pudo conmigo después de dos días sin probar bocado. Nunca imaginé que unos animales tan simpáticos se pusieran tan furiosos conmigo. Cuando intentaba huir con mi improvisado botín, Chiquilín me cortó el paso. A pesar de toda mi bravuconería me quedé paralizado con manzanas y plátanos que se resbalaban de mis manos. Con suma tranquilidad, y sin apartar su mirada de mis ojos, acabó por tirar al suelo los que aún no lo habían hecho, y cogiéndome por los hombros me empujó con suavidad hacia su caravana. Se me pasó por la cabeza darle un mal golpe y salir corriendo, convencido de que me iba a denunciar y acabar en prisión, un lugar al que no quería volver. Pero algo en él me contuvo, y lo seguí con la cabeza gacha. Chiquilín me sentó a su mesa y me dijo, que ya que tenía hambre debía comer como una persona y no como un animal. No me podía creer lo que estaba sucediendo, ante mi aparecieron los más ricos manjares, algunos de ellos solo podría haberlos comido en sueños: pan, leche, queso, mantequilla, mermelada, fruta… al principio comí con avidez, como si de no hacerlo así fueran a esfumarse de la mesa, después, cuando me convencí de que eso no iba a suceder, y de que además, él no dejara de repetirme que comiera tranquilo que no había prisa, comencé a saborearlos, nunca imaginé que pudieran ser tan deliciosos. Cuando el hambre y la sed fueron saciadas por completo, pensé nuevamente en salir huyendo, creyendo que sería el momento en el que vendrían a por mí, pero nuevamente algo me detuvo: su sonrisa. Nunca había visto una igual, su calidez y su sinceridad derrumbaron cualquier resistencia por mi parte.

Así fue, como después de aquella opípara comida, Chiquilín me ofreció trabajar en el circo a cambio de alimento y alojamiento, por supuesto acepté al momento, aquel era tan buen lugar como cualquier otro, y siempre tenía la opción de largarme de allí, al caer la noche, si la cosa se ponía fea. No fue así, en el circo crecí y me hice un hombre, y hasta llegue a formar una familia. Hoy soy el director del circo, Chiquilín me lo dejó de herencia. Y yo hago honor al gran privilegio que me concedió. Soy Chiquilítin, su sucesor.

Los primeros tiempos fueron duros, yo no tenía ni idea de lo que era un circo. Mi primer trabajo fue el de dar de comer a los animales, ya que había entrado allí para quitarles la comida lo justo era que ahora me la ganará yo facilitándosela. La mayoría de animales a los que tuve que alimentar era la primera vez que los veía en mi vida, algunos eran agradecidos, pero a otros les tenía pánico. Aquellos dientes y aquellas garras me ponían los pelos de punta, más tarde me reí de mi mismo al recordar aquellos primeros días. Estaban tan bien alimentados, tan bien cuidados, además de haber nacido todos en el circo, que no había necesidad de que atacaran  a nadie. Es más, de los que primero me encariñé y ellos conmigo, fueron la pareja de leones, me esperaban cada día, y cuando me veían venir, restregaban sus cabezas contra los barrotes para que les acariciara y rascara tras las orejas, eran como dos gatos gigantescos. Los chimpancés fueron otra historia, tardaron mucho tiempo en olvidar que un día quise dejarlos sin su comida preferida.

Trabajaba en el circo, pero a duras penas me relacionaba con nadie a parte de los animales. Chiquilín, que aunque no lo pareciera estaba pendiente de todo, se dio cuenta de mi falta de interacción con el resto de los integrantes del circo, y con tacto para que yo no me diera cuenta, más tarde si que lo supe, me ascendió por buen comportamiento. Pasé a ser el encargado de organizar y tener a punto todo el vestuario de los artistas, de esa manera me veía obligado a tratar con todos ellos. Hacía bien mi trabajo, hablaba con ellos, pero continuaba sin abrirme a nadie. Cuando al finalizar la última actuación del día todos nos reuníamos para celebrarlo, estaba allí, con ellos, pero apenas escuchaba lo que decían, mi cuerpo estaba, mi alma no. Lo peor de aquellas reuniones era cuando se ponían a recordar anécdotas de su niñez, reían con ellas y bromeaban, pero si alguien me preguntaba a mi por alguna de las mías simplemente no respondía, aguardaban unos instantes a que explicara algo pero al ver que yo seguía encerrado en mi mutismo, alguien rompía la tensión gastando alguna broma, y el ambiente volvía recuperarse. Lo cierto es que al principio lo hacia por pura cabezonería y soberbia, pero después, tuve que reconocer ante mi mismo, que era porque mi memoria no guardaba ningún recuerdo, ni bueno ni malo, de los días en que yo había sido un renacuajo. Aquello comenzó a preocuparme en serio cuando ya había adquirido suficiente confianza con todos como para intervenir en las reuniones, pero seguía sin poder contarles nada de aquella época, mi mente tenía una auténtica laguna ¿dónde habían ido a parar aquellos años?

Más o menos por aquel entonces, uno de los payasos se lesionó al tropezar con uno de los guardavientos de la carpa, tenía para algunos meses, se había roto la pierna por varios sitios y además de una dolorosa operación tuvo que pasar por una recuperación muy lenta. Cuando Chiquilín vino a ofrecerme aquel puesto me negué rotundamente, una persona tan triste y callada como yo no podría divertir a nadie y menos hacerlos reír, pero Chiquilín insistió en ello, dijo que los mejores payasos eran aquellos que guardaban dolor en su corazón, lo miré con escepticismo, yo no guardaba ni dolor ni nada en mi corazón. Pero él era el director del circo y no podía olvidar que trabajaba a sus órdenes, así, que a regañadientes, me pinté y me puse el traje de payaso. Debo confesar que todos mis compañeros me apoyaron y animaron, diciendo que confiaban plenamente en mi y que sabría hacerlo a la perfección. De esta manera fue, como por pura casualidad, me vi trabajando en el número más importante de la actuación, nada más y nada menos que junto al gran Chiquilín. Mucho tiempo más tarde averigüé que mi incorporación a aquel papel no hubiera sido necesaria. Nuevamente Chiquilín había hecho de las suyas.

El primer día fue un desastre, estaba tan nervioso que me tropezaba constantemente con aquellos enormes zapatones, pero al público pareció gustarle creyendo que formaba parte de la actuación y aplaudieron a rabiar. En siguientes actuaciones me ceñí más al guión porque estaba más tranquilo, entonces tenía tiempo de ver más de cerca y con tranquilidad al público. Sin saber porqué, en medio de cada número, las lágrimas me resbalaban sin previo aviso por las mejillas. Si alguien se daba cuenta no lo decía, y los espectadores aplaudían creyendo que ese era el papel que yo representaba.

Después de una actuación especialmente llorosa para mi, me dirigí a al carromato muy enfadado conmigo mismo, no me lo podía creer, yo llorando como una nenaza. Estaba tan irritable que le di una mala contestación a uno de los compañeros que más me habían ayudado, más tarde me sentí fatal por eso, pero en aquel momento me desbravé con él. El pobre aguantó el chaparrón sin decir nada, ni entonces ni después. Fui yo el que al día siguiente le pedí disculpas cabizbajo.  Chiquilín, como era normal, no se había perdido detalle de lo sucedido, y al cabo de un rato sentí unos ligeros golpes en la puerta pidiendo permiso para entrar. Yo estaba tan fastidiado conmigo mismo que apenas le miré a la cara, pero él, como siempre, y con voz pausada, no me preguntó por el motivo de mis lágrimas, como hubiera sido lo normal, sino que lo que hizo fue preguntar por el motivo de mi enfado. Me quedé descolocado, le contesté que estaba enfadado porque me había dado rabia llorar en público, a lo que él me preguntó, de si en el caso de llorar a solas, también me hubiera sucedido lo mismo. Ahí si que me desarmó, después de pensarlo un poco tuve que reconocer que sí, que también hubiera sentido rabia. Como el primer día que me encontró robando la fruta de los chimpancés, clavó su mirada en la mía con dulzura, las lágrimas volvieron a resbalar sin mi consentimiento, y yo las aparte de un manotazo. Me preguntó si sabía de donde provenía aquella rabia y aquellas lágrimas, y no supe que responderle. Entonces me sorprendió levantándose y abrazándome, yo no estaba preparado para aquello y mis lágrimas arreciaron. Menuda pinta debíamos hacer los dos en aquella situación vestidos aún de payasos.

Al día siguiente muy temprano, cuando aún el sol no había salido y tan solo insinuaba sus colores por el horizonte, Chiquilín vino a buscarme y me rogó que lo acompañara. Con los ojos aún pegados por el sueño e inflamados después de la  noche de llorera, lo seguí sin hacer preguntas, por aquel entonces ya lo conocía lo suficiente como para saber que su forma de comportarse siempre tenía una razón. El circo estaba asentado muy cerca de la costa y hacía ella nos dirigimos. El lugar donde decidió que nos sentáramos no tenía nada de particular, pero a él debió de parecerle todo lo contrario, ya que después de observar hacia todos los lados con atención, fue el que escogió.

Permanecimos un buen rato en silencio observando la inminente salida del sol, con todos los cambios de colores en el cielo. Debo reconocer, que aunque creía no tener corazón, algo, en el lugar donde éste debería haber estado, se movilizó con tanta belleza. Con la voz pausada que le caracterizaba comenzó a explicarme una historia, más tarde supe que era la suya. Había nacido en un lugar remoto, durante el estallido de una guerra, no importaba cual, en el seno de una familia muy pobre donde no había sido bien recibido, pues ya había muchas bocas por alimentar. Su madre era la que proporcionaba el sustento con su trabajo en el campo, y su padre el que dilapidaba todo el dinero que pillaba en alcohol. Cuando se emborrachaba se volvía muy violento, tanto con su madre como con sus hermanos, él mismo había sido muchas veces el chivo expiatorio de su furia. Por eso fue un alivio cuando vinieron a buscarlo para enrolarlo en el ejército. Siendo apenas un niño había visto morir a la mayor parte de su familia una noche especialmente virulenta de bombardeos. Su casa quedó arrasada, y si no hubiera sido por la caridad de los vecinos, habría muerto de hambre y de frío en las calles. Pero lo peor no había llegado aún, eso vino después, cuando el pueblo fue invadido por las tropas enemigas, su jóvenes ojos vieron más barbarie de lo que nadie hubiera podido soportar. El pueblo quedó completamente arrasado, sin una sola casa en pie. Él pudo salir indemne gracias  a haberse escondido en unas cuevas cercanas de las que nadie era conocedor. Cuando regresó nuevamente al pueblo hubiera deseado haber estado allí y haber muerto con los demás. Vagó durante días como un fantasma por entre las ruinas y los cadáveres, removiendo entre los escombros en busca de algo que llevarse a la boca. Tuvo la suerte de que a los pocos días pasó por allí una patrulla militar que se apiadó de él. Fue entregado a una familia que lo acogió como si de un hijo propio se hubiera tratado. Pero los recuerdos de aquellos terribles días se habían borrado completamente de su memoria, había quedado tan traumatizado que no pudo explicar a aquella gente tan buena nada de lo que le había sucedido. Más tarde, cuando la guerra hubo terminado, se dio cuenta con horror que tampoco recordaba nada de su vida anterior. Ni de su casa, ni de su familia, ni de su pueblo. Se había vuelto un joven duro que discutía con todo el mundo y con los puños siempre dispuestos para pelear. Hasta que un día todo cambió, mientras el ganado que tenía que cuidar pastaba, él se había estirado en la hierva a descansar, y algo sucedió en aquel descanso, porque al despertar un torrente de lagrimas se desataron en su interior, recordó muchas cosas de las que había olvidado, comprendió otras, pero lo más importante de todo fue que el dolor y la rabia se transformaron en deseos de salir hacia delante y luchar por construir un mundo mejor, donde el llanto se pudiera transformar en risa. En la ofuscación con la que había salido a pastorear no se había dado cuenta de hacia donde se había dirigido, ni siquiera del sitio donde se había estirado a descansar, estaba en el lugar donde antes había habido un pueblo, el suyo, aquel que había sido tan salvajemente arrasado, y donde, sin saber cómo, habían crecido unas plantas insignificantes pero preciosas. Había dormido rodeado de ellas. Su mente archivó aquel dato, con la certeza de que ellas habían obrado un milagro. Su corazón así lo decía.

Las últimas palabras habían sido dichas con tanta suavidad que a duras penas pude comprenderlas. Me sentía avergonzado después de haber escuchado todo aquello. ¿Cómo podía yo derramar lágrimas sin sentido, y encima enfadarme por ello? No tenía ningún derecho a hacerlo. Chiquilín, con toda su sabiduría, sabía exactamente lo que en aquellos momentos estaba pasando por mi cabeza, y me sonrió con indulgencia. Entonces me rogó que sin hacer preguntas me estirara allí mismo, en contacto con la tierra, y que cerrara los ojos procurando ser consciente de todo lo que me rodeaba. Sin entender de qué podía servir todo aquello, seguí al pie de la letra lo que me había pedido, ¡cómo llevarle la contraria después de todo lo que había escuchado! Las sensaciones no se hicieron esperar y a mi me pillaron totalmente desprevenido.

Mi mente, que hasta entonces había estado totalmente anestesiada, despertó de golpe como si acabara de salir de un coma. Los recuerdos se fueron sucediendo en mi memoria, las palizas, las humillaciones, el miedo, el dolor, la rabia. Mi padre golpeando salvajemente a uno de mis hermanos y mi madre indiferente ante el espectáculo. Interponiéndome para parar los golpes y dar tiempo a que mi hermana pequeña pudiera salir corriendo, llorando de ira  y de dolor, y mi padre golpeándome y gritando que dejara de llorar porque los hombres no lloraban, cuando apenas era todavía un niño. Después aquella escena se desdibujaba y aparecía otra bien distinta, mis hermanos y yo corriendo seguidos de un pequeño cachorro, riendo y saltando, sintiendo en mi pecho toda la felicidad que aquel momento de libertad me estaba aportando. Otro recuerdo dulce guardado en mi memoria era el de mis hermanos abrazados a mí y cantando una canción de navidad, sentía su calor, su olor, su proximidad como si estuvieran en aquel preciso momento conmigo. De aquellos momentos buenos había habido pocos en mi vida, pero intensos, todos relacionados con mis hermanos y aquel perro. Qué habría sido de él. Era un buen perro y lo quería mucho. Y de mis hermanos ¿dónde debían estar en aquellos momentos? Todos desperdigados, como yo, por esos mundos de Dios. Por mi mente pasaron los recuerdos dolorosos que habían estado encerrados en lo más profundo del subconsciente, firmemente guardados para no sufrir al recordarlos. En el afán de esconderlos, también había apartado los buenos momentos, aquellos que me habrían ayudado a tirar hacia delante cuando el dolor era insoportable. Una parte de mi vida se había quedado suspendida, en el olvido, pero me gustara o no, aquella era mi vida. Todos los recuerdos, buenos y malos, formaban parte de mi, y no podía obviarlos. Una firme determinación me atravesó como un rayo, si Chiquilín había podido seguir adelante resurgiendo de la devastación de su vida, yo también podía. No todo había sido una pesadilla, ahora tenía un buen lugar donde vivir, gente que me había acogido como uno más y me quería, estaba Chiquilín, y por encima de todo mi deseo de trasformar, como él, el dolor y el sufrimiento en risa y alegría y hacerla llegar a los demás. Ahora comprendía las lágrimas derramadas en mis actuaciones, mi corazón ansiaba reencontrar el mismo amor que veía en aquellas familias que iban a vernos actuar y se reían con nosotros, los payasos. Comprendía lo que un día me había dicho Chiquilín: “El mejor payaso es aquel que tiene dolor en su corazón”, ahora sabía el significado de esas palabras, porque solo aquel que ha pasado por una experiencia dolorosa, y ha conseguido renacer de ella, es capaz de comprender el corazón de los demás.

El calor del sol me dio de lleno en los ojos y yo salí de mi adormecimiento, Chiquilín estaba junto a mí, no se había apartado un solo instante. Sostenía, sin que yo me hubiera percatado de ello, una de mis manos. Al incorporarme me di cuenta de la cantidad de lágrimas que estaba derramando, pero esta vez esas lágrimas estaban liberando mi pecho. La carga que durante tanto tiempo me lo había oprimido, había desaparecido. Por primera vez en mucho tiempo me sentía ligero y feliz. Ahora tenía una razón para levantarme y seguir adelante, había recuperado mi vida, mis recuerdos. Los felices los atesoraría en mi interior para recordarlos cuando fueran necesarios. Los otros, los dolorosos, serían el estímulo que me harían seguir hacia delante siendo mejor persona que los demás habían sido conmigo. Teniendo esa imagen de violencia muy presente para no copiarla y repetirla en el futuro con nadie que estuviera junto a mí.

Rodeado por todas partes crecían unas pequeñas flores de las que no me había dado cuenta al llegar allí, tal vez eran unas flores parecidas a las que Chiquilín encontró en aquel pueblo arrasado por la barbarie. Eran  bonitas, de color dorado como el sol, parecían lágrimas replegadas sobre sí mismas o tal vez un pequeño corazón doblado por los lados mostrando su centro. Ambas cosas me recordaron a mí mismo, mis lágrimas retenidas durante tanto tiempo y mi corazón roto deseando poder recomponerse.

Chiquilín ya no está entre nosotros, pero su presencia y sus recuerdos me acompañaran siempre allí donde yo esté. El circo es la herencia material que me ha dejado, pero la verdadera herencia es aquella que quedó gravada en mi corazón. Son sus palabras, sus actos y su ejemplo la parte de esa herencia que más valoro. Ahora soy yo el encargado de hacer reír en la pista del circo, junto a mi ha comenzado a trabajar un chiquillo que nos ha ido siguiendo de pueblo en pueblo, no habla mucho pero actúa bien, tal vez un día de estos me lo lleve a ver amanecer.  

Golden Ear Drops (Esencia Floral de California)
                           

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lunes, 6 de octubre de 2014

FUCHSIA (California)

"Eton y yo”

La selva era todo lo que conocía, era su mundo, más allá de aquella maraña de plantas no existía nada para él. Su familia, su grupo, sus árboles, sus lianas, sus juegos… se sentía protegido, era feliz. Pero un mal día todo aquello cambió para siempre. Ruidos ensordecedores llegaron de todos los rincones, destellos de luz que mataban, gritos que asustaban, y entre medio de todo aquello, el dolor. El dolor de ver morir a tu familia, a todos aquellos que amas, y después no saber nada más. No saber que va a ser de ti, donde te van a llevar, que dolor te pueden causar. Aunque el mayor dolor de todos ya te lo han causado, han aniquilado a tu familia, te han arrancado de tu hogar y de los tuyos. Han destruido tu mundo… el hombre ha llegado a la selva.

Estas fueron las duras vivencias de Eton, mi mejor amigo, un orangután.

Con apenas unos meses de edad Eton vivió la experiencia más traumática que nadie debería vivenciar jamás, animal o humano, da igual. Tal vez me identifiqué tanto con él porque yo mismo pasé por una situación parecida. Vi aniquilar a todo mi poblado por aquellos mismos, que tiempo atrás, se hacían llamar nuestros hermanos, y todo por diferencias de creencias o de castas ¿cómo un ser humano puede causar a otro tanto dolor? Desde el poco tiempo que llevo pisando ésta tierra he visto muchas cosas, y me sigo preguntando ¿dónde está la humanidad en los humanos? Me gustan más los animales, son más predecibles, te ofrecen su amor sin condiciones, y no te preguntan jamás de que cultura procedes o que religión procesas. Te aceptan y ya está, y cuando lo hacen, es para toda la vida.

Eton y yo tuvimos la fortuna de ser rescatados de las garras de la barbarie humana. Por suerte no todos los humanos son iguales, sigo opinando que hay humanos que se comportan como los animales, y eso lo digo en el buen sentido de la palabra. Esos humanos son los que creen en el respeto hacía el otro, que no hacen daño por diversión ni por placer y que viven según su instinto más primitivo, el del amor. Con esa clase de humanos me relaciono bien. Gracias a una pareja de humanos de esa clase Eton y yo nos conocimos. Ahora somos como hermanos, lo que le duele a uno le duele al otro, lo que emociona a uno emociona al otro. Dormimos siempre juntos y abrazados, tal vez porque ambos necesitamos sentir el calor de un cuerpo amigo o de escuchar los latidos acompasados de un corazón capaz de amar. Nadie realmente conoce nuestra historia, pero yo conozco la suya y él conoce la mía. Me dicen que eso no es posible, para saber historias es necesario saber hablar, pero nosotros no necesitamos palabras, nos sobra y nos basta con el amor que nos tenemos, él habla por nosotros, y los dos lo entendemos.

Tenemos un dolor muy grande guardado en nuestro interior, que no sabemos expresar, que no sabemos canalizar. Nuestras emociones se quedaron atrapadas en un lugar difícil de alcanzar, muy recóndito, muy oculto. La pareja de humanos que nos acogió intenta llegar hasta allí, pero no lo consiguen ¿Cómo van a poder hacerlo si ni nosotros mismos sabemos encontrarlo? Ellos creen que les tenemos miedo y que por eso  no expresamos nuestras emociones. Nada más alejado de la realidad. Les tenemos algo muy cercano al amor ¿gratitud?, ¿cariño?, ¿respeto?, ¿afecto? Podría ser cualquiera de ellas o todas juntas. De momento nada más, Eton y yo, nos esforzamos día a día para poder compartir con ellos lo que ambos sentimos el uno por el otro, pero por ahora hay un punto de desconfianza y no podemos hacerlo con libertad. Pero miedo no, jamás. Ellos nos rescataron, nos curaron las heridas, nos alimentaron, nos abrigaron y nos abrieron su casa de par en par. Vivimos con ellos. Sé que sienten algo muy especial por nosotros, que sus corazones están a nuestra disposición, pero los nuestros sangran aún demasiado. Tal vez el día que dejen de hacerlo podremos ser una familia, como la que tuvo Eton, como la que tuve yo. Pero hoy por hoy, es lo que hay.

Hoy me he levantado con un dolor muy grande en la pierna, ni puedo moverla, me cuesta caminar. Ella ha venido enseguida y me ha preguntado si me había golpeado con algo, si me había caído. Nada de aquello había pasado. He visto preocupación en su semblante. Eso me asusta ¿Y si decide que ya no puedo vivir aquí? Que sería de Eton, no me tiene más que a mí. Pero enseguida me he tranquilizado, no quiere echarme. Lo he sabido cuando me ha abrazado y me ha consolado. Hubiera querido devolverle el abrazo, era muy cálido, pero no he podido, no sé hacerlo, en cambio con Eton es diferente puedo dárselos sin problemas, y él a mi. La hinchazón de mi pierna ha bajado, ya no me duele.

Esta noche no he podido cenar, me dolía mucho la barriga. Ella me ha tocado la frente con sus labios y le ha dicho a él que no tengo fiebre. No sé que es eso, solo sé que no puedo comer porque siento mucho dolor. Me ha acompañado hasta la cama y me ha arropado, luego ha posado sus labios en mi mejilla, me ha susurrado que todo se iba a arreglar y ha apagado la luz de la mesilla. En cuanto se ha ido la he encendido de nuevo, no me gusta la oscuridad, en ella ocurren cosas malas. Era de noche y todo estaba oscuro cuando atacaron mi aldea. Cuando me acuerdo tiemblo, pero tengo a Eton que lo sabe y se viene a la cama junto a mi y me abraza con fuerza.

Hoy se han puesto muy nerviosos conmigo. No sé porqué me he puesto tan excitado y he comenzado a chillar, del llanto he pasado a la risa y de la risa al llanto. No sabía como parar. Ella ha intentado abrazarme, yo no me dejaba, pero al final lo ha conseguido. Y me ha gustado.

Cuando volvíamos en coche ha comenzado a dolerme mucho la cabeza y he vomitado, él ha parado enseguida el motor y ella me ha sujetado la cabeza mientras vaciaba todo mi estómago. Eton se ha asustado mucho y ha empezado a chillar y a dar saltos. Hemos hecho el camino restante abrazados en el asiento de atrás. Al llegar a la casa la cabeza ya no me dolía pero la pierna volvía a molestarme, curiosamente a Eton parece pasarle lo mismo porque ha entrado arrastrando un pie. Ellos se nos han quedado mirando de una forma muy extraña, me he dado cuenta de que con la mirada parecían preguntarse el uno al otro qué era lo que estaba sucediendo.

De un tiempo a esta parte cuando no me duele el pie, me duele la cabeza, y cuando no los oídos o el pecho. Cada vez que un dolor se desplaza a otra parte de mi cuerpo a Eton le pasa lo mismo. Y los dos nos consolamos abrazándonos.

Por primera vez los he visto enfadados. Eton  y yo nos hemos puesto nerviosos con la tormenta. Los truenos y los relámpagos nos recuerdan a ambos más cosas de las que quisiéramos. Nos hemos puesto a chillar como locos. Eton saltaba de aquí para allá y ha roto varias cosas, yo corría y me escondía por todas partes y también he organizado un gran estropicio. Después ha venido el llanto. Hasta entonces ellos solo estaban preocupados, pero cuando Eton y yo nos hemos mirado y hemos visto la cara que teníamos y todo el jaleo que habíamos organizado, nos ha cogido un ataque de risa del que no podíamos parar. Al vernos reír de aquella manera tan histérica se han pensado que nos reíamos de ellos y de lo que habíamos hecho. Es entonces cuando se han enfadado. No me ha gustado verlos así. Me he sentido triste, pero no he sabido como decírselo. Eton si lo sabe, a él si que se lo he dicho.

Por la mañana ella ha venido y me ha dado un beso, creo que ya no está enfadada. Me hubiera gustado un abrazo, pero no he sabido como pedírselo. Eton, que se ha dado cuenta, ha corrido para dármelo.

Aunque me dolía mucho la garganta no le he dicho nada a ella. Se la veía contenta y no quería que dejarla de estarlo. A veces creo que se preocupa por mí y eso me gusta, pero prefiero verla sonreír. Nos ha dejado que la acompañemos al mercado. Es la primera vez que nos lleva. Al principio se ha resistido a llevar también a Eton, pero ante mi negativa a soltarlo de la mano al final lo ha dejado venir con nosotros. Eton me ha mirado todo el camino con cara de agradecimiento. Pero yo no lo he hecho para que me lo agradezca, lo he hecho porque es mi amigo.

En el mercado ha dejado de dolerme la garganta, se estaba bien allí rodeado de tantos colores y olores agradables. No se porqué, de pronto, me he torcido el tobillo, no podía caminar y ella me ha tomado en brazos. Cuando hemos pasado cerca de aquel camión el vello de la nuca se me ha erizado. Su olor me ha traído recuerdo que prefiero olvidar. Al cabo de un buen rato ella me ha dejado en el suelo para comprar unas plantas. El tobillo ya no me dolía. Como ha visto de la forma que miraba una planta en especial la ha comprado, una para mi y otra para Eton. El resto del camino no nos hemos separado de la planta. Es muy bonita, esta llena de flores de un rosa muy intenso que cuelgan en forma de campana apuntando hacia el suelo. Yo no dejo de tocarlas. Me recuerdan a las danzarinas de mi poblado cuando al bailar se subían los dos lados de la falda exterior para que se les viera la otra que llevaban por debajo. Era bonito aquel baile.

Ella ha visto que nos gustaban tanto las plantas que nos ha comprado en el mercado que ha dejado que nos las lleváramos a la habitación. Eton y yo no dejamos de observarlas, tienen algo mágico que nos atrae.

Después de pasarme toda la tarde mirando las flores y acariciándolas no sé que me ha pasado. De pronto, un dolor muy fuerte me ha cogido en la garganta, el mismo que esta mañana, pero mucho más fuerte. Luego se ha suavizado. Entonces ha sido la cabeza la que parecía que fuera a partirse como un melón maduro. El dolor ha ido desplazándose de aquí para allá. La pierna, el pie, los oídos. Después de ese recorrido se ha instalado en el centro de mi pecho. Como si alguien intentara sacar un machete que tuviera clavado. Y ha sido entonces cuando algo en mi interior se ha desgarrado. El llanto se ha desatado como un torrente que no podía parar. No sé en que parte estaban ocultas, pero de pronto he sentido mucha rabia, mucha ira. He tenido ganas de tirar cosas y romperlas, pero ha llegado ella y me ha abrazado. Me ha mecido como a un bebé, y he sentido como aquel fuego desatado remitía, se extinguía. Entonces, arropado en sus brazos y sintiendo el latir de su corazón, me he acordado de mi madre, de sus caricias, de sus besos. El llanto ha arreciado, pero esta vez no era doloroso, era dulce. Era un llanto de liberación.

Mientras que mis ojos no cesaban de derramar lágrimas, por mi mente han pasado imágenes de mi vida anterior. Cuando estaba en mi poblado. Me he acordado de todo lo que pasó entonces. De todo aquello de lo que no quería acordarme. He comprendido muchas cosas. Ahora sé porque me dolía la cabeza, no quería que los recuerdos la inundaran, los aprisionaba para que no salieran. Por eso el estómago se me vaciaba sin previo aviso, había recuerdos que mi cuerpo quería expulsar. Mis piernas y mis pies también me han explicado muchas cosas. Ellos no querían recorrer de nuevo el camino del horror y se negaban a caminar, por eso se inflamaban y dolían. Y mis oídos, qué decir de mis oídos. Habían escuchado tantas cosas malas que presionaban hacía los lados para no dejar pasar ningún sonido más. El llanto está remitiendo. Me siento mejor, más liberado. Aún hay dolor en mi interior pero ahora sé que nada malo puede pasarme ya, estoy a salvo. Ella me quiere. Él también. Está junto a nosotros, nos abraza a los dos. Su abrazo me trasmite calor, me trasmite seguridad. Creo que ese cosquilleo que siento en la boca del estómago puede ser felicidad. No lo sé, me tengo que dar tiempo. Y también a ellos.

Eton no ha dejado de observarnos todo el rato. Ellos, mis padres adoptivos, creerán que está haciendo muecas, pero yo lo conozco bien. Esta sonriendo. Él también se siente feliz. Sabe que hemos encontrado una familia. No es la familia que teníamos antes de que todo sucediera. Pero es nuestra familia de ahora. Paso a paso sé que podemos conseguirlo. Sé que a Eton y a mí nos falta poco para poder entregar nuestro corazón como ellos lo hicieron hace tiempo. El nuestro todavía sangra, pero ya menos. Dentro de poco dejará de hacerlo del todo. Entonces sí, entonces podremos ser una familia como las demás. Una familia como la de Eton. Una familia como la mía.

Esta mañana mamá me ha ayudado a trasplantar la planta que me regalo hace unos meses, se ha puesto enorme y necesita un espacio más grande para seguir creciendo. Papá dice que de seguir a ese ritmo  pronto podremos plantarla en el jardín. Tengo muchas ganas de poder hacerlo, así, cuando salgamos a cenar al aire libre por las noches todos juntos, podremos disfrutar de su visión ¡es tan bonita! Pero papá dice que tendremos que ponerla alejada de la canasta de básquet porque sino con lo fuerte que lanzo podría darle con el balón y estropearla. Tiene razón, yo no quiero que se estropee, la pondremos cerca del columpio, así cuando mamá se columpie conmigo en el regazo, los dos podremos verla. La planta de Eton no hemos podido trasplantarla, va con ella a todas partes, solo la deja cuando se pone en la cama junto a mi, porque necesita sus dos manos para abrazarme. Mamá se ríe, me gusta mucho la risa de mamá, cuando ve a un orangután tan grande pasear por toda la casa y por el jardín acarreando una maceta tan voluminosa, el día menos pensado será más grande que él, pero a la planta parece gustarle tanto paseo y meneo porque no para de crecer.

Eton se ha convertido en un orangután feliz, se le nota en la mirada, ya no hay tristeza ni dolor en ella. Le gusta mucho jugar con nosotros a básquet, encesta más veces que papá, pero a él no parece importarle, se parte de risa cuando lo hace, y yo también. A veces nos reímos tanto que mamá sale a ver que nos pasa, y medio riendo también, dice que estamos todos locos. Es entonces cuando salgo corriendo hacía ella y la abrazo, me encanta su olor, huele a lavanda y primavera, huele a amor. Amo a mis padres adoptivos, amo a mi fiel amigo Eton, me amo a mi mismo. Ahora tengo mucho  amor para compartir.  

Fuchsia (Esencia Floral de California)